La fotografía en España en el siglo XIX


La «cámara oscura» hace referencia al fenómeno óptico mediante el cual, al hacer un pequeño agujero en la pared de un espacio oscuro, se proyecta una imagen invertida del mundo exterior sobre una superficie. Este fenómeno, y el descubrimiento de algunas sustancias que se alteran visualmente al ser expuestas a la luz conforman los principios en los que se basa la fotografía.

Aunque para el siglo XVIII los fundamentos de la cámara fotográfica ya estaban siendo explorados adecuadamente, aún no existía una manera de fijar las imágenes. En 1824, Joseph Nicéphore Niépce obtuvo las que se consideran primeras imágenes fotográficas. Su técnica aún requería de una exposición superior a las ocho horas, y los resultados no eran del todo satisfactorios. La asociación de Niépce con Louis Daguerre, sin embargo, fue crítica para el avance de la fotografía. Niépce había desestimado el uso de sales de plata, pero tras su muerte en 1833, Daguerre empezó a utilizarlas, y en 1839 reveló públicamente su proceso para la obtención de fotografías sobre una superficie de plata pulida, a la que denominó daguerrotipo.

El primer daguerrotipo en España no tardó mucho; si Daguerre había demostrado su técnica en enero de 1839, en diciembre de ese mismo año el grabador Ramón Alabern y Casas tomó el primer «daguerrotipo» en Barcelona. Consistió en un encuadre que incluía la Lonja y la casa Xifré, con un tiempo de exposición de 22 minutos. Según publicaba el Diario de Barcelona, se hizo una rifa, a seis reales por boleto, y el agraciado (el número 56) se quedó con el daguerrotipo. Por desgracia, se desconoce el paradero de esa plancha original.

Hasta entonces, para obtener un retrato, se recurría a las miniaturas pictóricas. Con el tiempo, el daguerrotipo le ganó la partida. Si en España un pintor miniaturista cobraba hasta 160 reales, un daguerrotipista cobraba aproximadamente 20, y aseguraba la absoluta fidelidad con el modelo. Si los óleos habían quedado para la nobleza, la burguesía recurrió a los daguerrotipos para ser inmortalizada.

Aún antes de la presentación pública de los daguerrotipos en Francia, el inglés Henry Fox Talbot ya había conseguido crear negativos fotográficos en papel. El éxito de Daguerre, no obstante, le empujó a perfeccionar su propia técnica. En 1841 inventó el proceso del calotipo (o talbotipo) por el que reducía la exposición de horas a minutos. Además, mientras que la copia de un daguerrotipo implicaba tomar otro daguerrotipo de este, el sistema de Talbot le permitía obtener muchas copias positivas de un único negativo. Utilizaba un papel translúcido, lo que en su momento se veía como una ventaja, al menos para los retratos, al suavizar los rasgos del que era retratado. Talbot, sin embargo, al contrario que Daguerre, patentó su invento y litigó con aquellos que lo usaban sin su permiso, ganándose la animadversión de sus fotógrafos contemporáneos.

La primera fotografía en papel de España suele atribuirse al fotógrafo valenciano Pascual Pérez Rodríguez, en 1848. Se trataba de un retrato del músico y organista valenciano Pascual Pérez y Gascón, tomado mediante la técnica del calotipo.

A mediados del siglo XIX podían encontrarse muchos talleres de daguerrotipistas en ciudades como Madrid, Barcelona, Sevilla, Valencia, Zaragoza, Málaga, Santander o Jaén. Además, era común que viajaran por varias ciudades españolas realizando fotografías itinerantes. Muchos de estos fotógrafos itinerantes eran operadores profesionales extranjeros casi desinteresados (como Charles Clifford, el Conde de Lipa, Eugenio y Enrique Lorichon) que, a la par que fotografiaban, enseñaban a otros a usar aquel nuevo invento, la fotografía, por toda España.

Con el transcurrir del siglo se inventan nuevos procesos, como el ideado por el escultor inglés Frederick Scott Archer: el colodión, que reducía aún más el tiempo de exposición (de minutos a solo varios segundos, aunque dependía de muchos factores) y aumentaba la nitidez de la fotografía. Surgen los álbumes fotográficos y las colecciones de retratos de familiares. Incluso, se empezó a popularizar utilizar una fotografía como tarjeta de visita. Las «tarjetas de visitas» de los famosos llegaron a venderse en establecimientos especializados, convirtiéndose en piezas buscadas para los coleccionistas de la época.

En el ámbito profesional, la técnica y los materiales siguen avanzando, a menudo a base de patentes, por lo que no siempre los avances eran adaptados por todos. Sin embargo, en 1884, George Eastman, en Rochester, Nueva York creó la película fotográfica, que reemplazaba las placas fotográficas y los químicos (a menudo tóxicos) que hasta entonces llevaban consigo los fotógrafos. No solo eso, en julio de 1888 sale al mercado la cámara Kodak, de Eastman, provocando que la fotografía se universalice y esté disponible para todos, no solo los fotógrafos. Cualquiera podía sacar una foto, y enviar la película para que fuera revelada.

En España, desde el último cuarto de los años 1800, había crecido significativamente el número de fotógrafos y daguerrotipistas por todas las ciudades españolas. Se inicia, además, el fotoperiodismo: en 1869, se crea el semanario «La Ilustración Española y Americana», en la que colaboran los reporteros más reconocidos del momento, aunque la revista se caracterizaba más por las ilustraciones de dibujantes y grabadores que representaban aspectos de la vida cotidiana de España y de los países hispanoamericanos, donde también tuvo difusión. Las fotografías, no obstante, empiezan a ser comunes en los periódicos. Durante las guerras carlistas, por ejemplo, los reportajes fotográficos bélicos son populares entre el público, y los dos bandos son conscientes de la carga propagandística que tiene la fotografía.

Cuando el siglo está a punto de acabarse, surgen las primeras revistas ilustradas en España, como Blanco y Negro, en 1891, fundada por Torcuato Luca de Tena, y Nuevo Mundo, cuyos fundadores fueron los periodistas José del Perojo y Mariano Zavala.

Los burgueses españoles, tanto los conservadores como los liberales, adoptarán la fotografía como hobby en la última parte del siglo XIX. «Operadores amateurs» u «operadores aficionados» es como se les conoce, para distinguirlos de los fotógrafos profesionales. No obstante, era un entretenimiento caro: dos cámaras, una de 9 x 12 cm y otra estereoscópica de 4’5 x 10’7 cm, incluidos sus correspondientes accesorios, oscilaba entre las 400 y 600 pesetas.

La fotografía estereoscópica (también llamada «veroscópica» en esos tiempos, por la cámara «Vérascope», la cámara estereoscópica más famosa y revolucionaria de su tiempo) no podía faltar en el arsenal del buen burgués de finales del XIX. Este tipo de fotografía simula la visión tridimensional, al capturar dos imágenes planas desde dos ángulos ligeramente distintos, aunque para contemplarla se precisaban unos visores especiales. Estas fotografías se hicieron muy populares en las ferias, por la sensación de profundidad y tridimensionalidad que producían en el espectador (al tiempo, en la barraca donde se exponían, se hacían sonar música de gramófonos u organillos). Fueron perdiendo su interés con la llegada del cinematógrafo, ya en el siglo XX.

Si quieres saber más sobre la fotografía y su historia, puedes acceder a los siguientes enlaces:


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines de afiliación y para mostrarte publicidad relacionada con sus preferencias en base a un perfil elaborado a partir de tus hábitos de navegación. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Más información
Privacidad