La minería española en el siglo XIX


Para muchos historiadores, el apogeo de la minería española en el último cuarto del siglo XIX se debe, en gran manera, a la promulgación de la Ley de Bases sobre las Minas de 1868, aprobada por el gobierno resultante de «la Gloriosa».

Anteriormente, la legislación española establecía muchas trabas a la explotación privada. Se obligaba a los titulares de las concesiones a mantener las minas en producción con un mínimo de trabajadores (el llamado «pueble»), con la posibilidad de perder la mina si no se cumplía esta condición. Incluso, la Ley de Minas de 1825, en el reinado de Fernando VII, declaraba que las minas pertenecían a la Corona.

La ley de Bases del 68, sin embargo, liberalizó el negocio minero: las concesiones eran a perpetuidad a cambio del pago de un canon, y una ley posterior (al siguiente año) permitió la libre creación de sociedades mineras.

Todo esto no hubiera sido posible sin que coincidiera en el tiempo una creciente demanda de metales y minerales, consecuencia, a su vez, de la propia Revolución Industrial. A nivel internacional subió el precio de las materias primas (hierro, carbón, plomo, mercurio, zinc…), lo que hizo rentable la minería en España (no lo era hasta aquel momento), con lo que se impulsó la búsqueda de nuevos yacimientos. Los costes de transporte, con el establecimiento del ferrocarril, descendieron. Hasta entonces, a no ser que las minas estuvieran cercanas al mar, su explotación no era factible económicamente. El abaratamiento, por tanto, del transporte, con mayor intensidad conforme se acercaba el último cuarto del siglo XIX, empujó el desarrollo y el auge de la minería en el país.

El plomo fue el primer metal en la incipiente industria minera española. A partir de 1820 sus cuencas fueron ampliándose gradualmente, desde la Alpujarra almeriense, hasta Murcia, Jaén e incluso Córdoba. Estas zonas llegaron a proporcionar más del 80% del plomo peninsular. Aunque, en primera instancia, la extracción se lleva a cabo por apellidos nacionales, en el último cuarto del siglo XIX estas empresas nativas son relevadas por sociedades extranjeras. Son los ingleses los que, en un primer momento, traen máquinas de vapor a las minas españolas, para facilitar el trabajo. Su gestión resulta tremendamente exitosa.

Otro producto importante en la minería de España es la pirita. Los yacimientos españoles más importantes del mineral se concentran en la llamada «Faja Pirítica Ibérica», una alargada franja de unos 230 kilómetros de largo por 30 o 40 de ancho que va desde Sevilla a Portugal. Hasta mediados del XIX de la pirita solo se aprovechaba su contenido en cobre (nada desdeñable por su utilización para cableado eléctrico), pero el azufre, considerado hasta entonces como un residuo de la extracción del cobre, comienza a utilizarse para la obtención de ácido sulfúrico. Será este uno de los principales elementos para abonos artificiales y carbonatos (para fabricar vidrio o jabón). Además, se convertirá en un elemento crucial para la industria del papel, de los tejidos y del algodón. Así, en 1854, con el descubrimiento de un nuevo proceso más económico para obtener cobre de las piritas desulfuradas, la importancia de la extracción de pirita creció a pasos agigantados. Las potencias industriales europeas encontraron en los yacimientos de la zona de Huelva la respuesta al agotamiento y la dependencia de la producción siciliana del azufre. Las compañías inglesas, en particular, se establecieron en el lugar, siendo la más importante «Riotinto Co.», que fundada en 1873, llegó a dar trabajo al 20% de la población activa onubense a finales del XIX y principios del XX.

El origen de «Riotinto Co.» se encuentra en un consorcio dirigido por el banquero inglés Hugh Matheson. La compañía obtuvo la concesión del Estado español mediante el pago de 92,8 millones de pesetas, una cifra desorbitante para la época. A ello siguió el levantamiento de toda la infraestructura necesaria (incluía un ferrocarril y un gran embarcadero en Huelva), y un sistema de explotación a cielo abierto, el principal del mundo, y que hizo de «Riotinto Co.» el primer productor mundial de cobre y el principal suministrador de azufre para Europa y Norteamérica. Se convirtió, a finales del XIX, en la empresa más rentable de Europa.

En cuanto al hierro, siempre había existido un problema en España: se precisaba, además, carbón para su fundición, pero la falta de medios para obtenerlo de una forma economica, llevó a un retraso español en la apertura de yacimientos que, por otra parte, ya eran conocidos. Hubo excepciones: por una parte M.A. Heredia instaló los primeros altos hornos del país en Marbella y Málaga, por ser costeras, y por otra, algunas fábricas vascas y asturianas, como Santa Ana de Bolueta o La Felgueta, que aprovecharon la cercanía de los yacimientos de carbón de Mieres y Langreo.

En 1855, no obstante, sucedió algo crucial: Henry Bessemer, inventor británico, patenta el convertidor Bessemer, siendo este el primer proceso de fabricación químico para la fabricación en serie de acero, fundido en lingotes, de buena calidad y con poco costo, a partir del arrabio (el metal obtenido a la salida de un alto horno). Para ello necesitaba hierro libre de fósforo, que en Europa solo se encuentra en Vizcaya, en el llamado distrito minero de Bilbao. Este distrito ocupa unos 30 kilómetros de largo por 6 de ancho entre la ciudad de Bilbao y la de Castro Urdiales, en Cantabria.

Los productores británicos empezaron a demandar este hierro pobre en fósforo. Los industriales vascos, por su parte, comenzaron a utilizar el barco de retorno de entregar el metal en Inglaterra, para cargar carbón inglés con el que alimentar sus altos hornos. Esta sinergia redujo mucho los costes, y ambos factores animaron a muchas compañías extranjeras a invertir en las minas vizcaínas, como la inglesa «Orconera Iron Core Co.» o la francobelga «Minas de Somorrostro». Toda una industria se desarrolló en la región al amparo de estos altos hornos, quizás por eso, aunque para la década de 1880 ya existían convertidores alternativos al de Bessemer, que usan hierro fosforoso (como los de Thomas o Martin-Siemens), la industria británica siguió involucrada en la zona (también porque los ingleses dependieron durante más tiempo del sistema Bessemer que sus competidores).

Hubo otros yacimientos, de otros metales, que se encontraban entre los más ricos de Europa, como eran los de mercurio de Almadén, o los de Zinc de Reocín, cerca de Torrelavega (Cantabria), descubierto este último en 1856 por la sociedad belga «Compagnie Royale Asturianne de Mines».

En cuanto al carbón, pese a su importancia para el impulso de algunas compañías ferroviarias, así como para el desarrollo de la industria siderúrgica y los trabajos que proporcionaba, la minería energética española nunca fue en realidad competitiva. La principal razón era la pobre calidad del carbón español y lo oneroso de su extracción en comparación con los países vecinos del norte de Europa. El Estado era consciente de esto, y con la intención de fomentar la extracción de carbón patrio, obligó durante todo el siglo XIX (y parte del XX) a consumir carbón español en los ferrocarriles e industriales siderúrgicos y eléctricos. Los principales yacimientos estaban en Asturias, León, Córdoba y Ciudad Real.

En 1833 se había creado el Cuerpo de Ingenieros de Minas, aunque el número de facultativos siempre fue escaso. A partir de 1850, los ingenieros mineros contaban con una revista especializada, la Revista Minera. Las tareas de inspección de minas, sin embargo, y pese al reducido número de inspectores y su elevada carga de trabajo, siempre fue intensa.

En cuanto a la mano de obra, la calamitosa situación de la economía en el XIX facilitó que siempre se encontraran mineros dispuestos a trabajar en las concesiones, al principio con agricultores de la zona, que complementaban sus ingresos, y después con trabajadores de otros lados que emigraban exprofeso a la zona (las minas estaba normalmente en zonas aisladas de los grandes núcleos poblacionales). Las estructuras para estos nuevos grupos de población se desarrollaban al par que la explotación y la llegada de nueva mano de obra. Así, en determinados lugares, las empresas que trabajaban las grandes explotaciones llevaban a cabo inversiones en educación, sanidad y vivienda.

Si quieres saber más sobre la minería española en el siglo XIX, puedes acceder a estos enlaces:


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