En 1847, Ascanio Sobrero, quien había sido formado inicialmente como médico, pero cuyos intereses y aptitudes habían derivado hacia la química, «inventó» (o más bien «descubrió») la nitroglicerina. Mientras Sobrero, que había nacido en Casale Monferrato (Italia, aunque en aquellos días pertenecía al Primer Imperio Francés) en 1812, investigaba diversos químicos en la Universidad de Turín, añadió ácido nítrico y ácido sulfúrico al glicerol. El resultado fue trinitrato de glicerilo (nitroglicerina) y, como solían hacer los químicos de la época, lo primero que hizo fue probarlo. Así llegó a la conclusión de que tenía un sabor dulzón y un fuerte aroma.
Fue después que Sobrero descubrió el poder explosivo de la nitroglicerina (o pyroglicerina como fue llamada inicialmente). De hecho, en algún momento un accidente con una probeta y la subsiguiente explosión le causó heridas permanentes y visibles en su cara. Para Ascanio Sobrero, la inestabilidad y la peligrosidad del compuesto lo inutilizaban para cualquier aplicación práctica. Hasta entonces el elemento con mayor capacidad explosiva era la pólvora. La nitroglicerina la sobrepasaba en ese aspecto.
Tres años después de haber descubierto el compuesto, Sobrero coincidió con un joven Alfred Nobel mientras ambos trabajaban en el laboratorio privado, en París, de un famoso químico de la época, el profesor T. J. Pelouze.
Alfred Nobel había nacido en Estocolmo, el 21 de octubre de 1833, hijo de Immanuel Nobel y Andriette Ahlsell. Ese mismo año, aunque procedían de familia adinerada —sobre todo Andriette—, el padre de Alfred se vio obligado a declararse en bancarrota. Su negocio estaba en la ingeniería y la construcción (también era inventor) y en 1837 dejó a la familia temporalmente y marchó a Finlandia y Rusia a emprender una nueva carrera; mientras, la madre de Alfred mantenía a la familia gestionando una pequeña tienda de alimentación.
Las cosas no le fueron mal a Immanuel Nobel: había montado un taller en San Petersburgo que proporcionaba material al ejército ruso. Su momento de inflexión llegó cuando convenció al zar y a sus generales de usar minas marinas para defenderse de la armada enemiga. Estas minas eran en realidad recipientes de madera sumergidos y llenos de pólvora, pero tuvieron éxito en mantener alejada a la Armada Británica durante la guerra de Crimea.
Tras el éxito de Immanuel Nobel en la comercialización, diseño e invención de armas y motores de vapor, en 1842 pudo traer con él a toda su familia a San Petersburgo, y se empeñó en proporcionar a sus hijos la más cuidada educación, en especial en ciencias naturales, idiomas y literatura. Así pues, a los 17 años, Alfred sabía hablar sueco, ruso, inglés, francés y alemán. Sus intereses, en aquel entonces, recaían en la literatura y la poesía, así como en la física y la química. Era este último campo el que, en realidad, interesaba a su padre, puesto que así podría ayudarle en su negocio; por esta razón envió al joven Alfred a formarse como ingeniero químico a Alemania, Francia y los Estados Unidos.
En París, Alfred Nobel recabó, como habíamos dicho, en el laboratorio del profesor Pelouze. Este había sido profesor, a su vez, de uno de sus tutores, el profesor Nikolaj N. Zinin, amigo de su padre, y quien ya le había descubierto a Alfred las explosivas características de la «pyroglicerina» descubierta por el italiano Ascanio Sobrero.
Para Sobrero su descubrimiento era peligroso; las continuas explosiones y las muertes que llevaba aparejado su uso provocaron que, en ocasiones, se arrepentiera de haberlo hecho. Aún así, era consciente de que, de no haber sido él, otro hubiera llegado, tarde o temprano, a la nitroglicerina. Era tan inestable el compuesto, y tan dado a provocar explosiones accidentales, decía, que no le veía utilidad práctica. Incluso, después de haberlo probado y descubrir que causaba dolores de cabeza, tampoco quiso ampliar sus experimentos para buscar una utilidad médica (T. Lauder Brunton, en 1860, comenzó a utilizarlo para tratar la angina de pecho).
Alfred Nobel, sin embargo, sí que investigó cómo utilizar el potencial destructivo de la nitroglicerina, y comenzó a experimentar con él junto con su padre, quien compartía su visión de que, en efecto, había utilidad para aquel compuesto en su negocio. Entre los dos, buscaban una manera de desarrollar un explosivo rentable en dos aspectos: el técnico y el económico.
Los vaivenes de los negocios de Immanuel Nobel, sin embargo, eran constantes. Para 1852 el negocio iba viento en popa por los pedidos del ejército ruso y Alfred volvió a San Petersburgo a petición de su padre. Pocos años más tarde, sin embargo, y tras el fin de la guerra, Immanuel tuvo que declararse, de nuevo en bancarrota. El patriarca, junto a Alfed y a su hermano Emil, abandonaron Rusia y se establecieron de nuevo en Estocolmo. Robert y Ludvig, los otros dos hermanos de Alfred, se quedaron en San Petersburgo, consiguieron sacar a flote la empresa familiar y viraron el negocio hacia la explotación del petróleo en el sur de Rusia, con gran éxito.
Para 1863, Alfred Nobel estaba en Estocolmo y dedicado a experimentar con la nitroglicerina. Los resultados a veces fueron trágicos: en 1864 una explosión mató a su hermano, entre otros, lo que llevó a la prohibición por parte de las autoridades de que llevara a cabo sus experimentos en la ciudad. Alfred no se dio por vencido, y se trasladó al lago Malär, donde continuó con su investigación y a producir nitroglicerina a escala industrial.
En 1867 patentó un nuevo producto: descubrió que si mezclaba la nitroglicerina con diatomita (una roca sedimentaria silícea, formada por microfósiles de diatomeas, que son algas acuáticas unicelulares que secretan un esqueleto silíceo llamado frústula), el líquido se transformaba en una pasta que se podía moldear en cartuchos, e introducir este material en los agujeros perpetrados en la roca. Inventó asimismo un detonador que podía encenderse mediante una mecha. Lo llamó «dinamita».
Al mismo tiempo se habían desarrollado nuevas técnicas de perforación en la roca, por lo que la dinamita reducía los costes de construcción y demolición (se podían volar rocas, construir canales y otras formas de construcción masiva por una fracción del coste anterior), por lo que la demanda de este nuevo explosivo —la dinamita— creció de forma desmesurada.
Y sí, la dinamita en minería, construcción de túneles, y establecimiento de vías de ferrocarriles hizo avanzar a la industria enormemente (el Canal de Panamá, por ejemplo, hubiera sido casi imposible de construir sin ella), pero la dinamita también tenía otros usos menos éticos, como la guerra (se usaron cañones de dinamita en la guerra de Cuba).
Para Ascanio Sobrero, el éxito de las aplicaciones que Nobel hizo de la nitroglicerina, no fue justo. Aunque Nobel nunca reparó en alabanzas hacia su compañero, Sobrero a menudo criticaba que su nombre no resonara más cuando Alfred Nobel recibía alguna condecoración derivada del uso de su invento.
En 1865, la fábrica que Nobel tenía cerca de Hamburgo, en Alemania, exportaba explosivos de nitroglicerina a otros países europeos, América e incluso Australia. Llegó a tener más de noventa fábricas y laboratorios en más de veinte países. Aunque el de los explosivos fue el área principal al que se dedicó y el que más éxitos económicos le produjo, Nobel también desarrolló patentes en muchos otros materiales químicos, como goma y piel sintética, seda artificial, etc.
Alfred Nobel dedicaba su tiempo a trabajar y viajar, y nunca llegó a casarse. La relación más famosa que tuvo con una mujer fue de índole laboral: al cumplir 43 años publicó un anuncio en un periódico en el que decía que buscaba a una mujer madura, con conocimientos de idiomas, para trabajar de secretaria y ama de llaves. La elegida fue la condesa Bertha Kinsky y, aunque no trabajó mucho tiempo con él, cuando la condesa dejó su posición para casarse con el conde Arthur von Suttner (y pasando ella a llamarse Bertha von Suttner), Alfred y ella siguieron manteniendo la amistad y una constante relación epistolar.
Bertha von Suttner era muy crítica con la carretera armamentística. Se convirtió en una famosa pacifista y sus ideas, sin duda, influyeron en Alfred Nobel. Éste, además, gustaba de leer y escribir, un interés que arrastraba desde su juventud y que no había decaído con los años.
Quizás un momento clave en lo que ocurriría tras su muerte acaeció en 1888, cuando su hermano Ludvig murió. Un error periodístico dedicó el obituario a Alfred, y en él se le acusaba de haber ganado millones a costa de la muerte de otros. Un diario francés escribió «el mercader de la muerte ha muerto». Esto tuvo que abrir los ojos a Alfred a lo que le aguardaría, si no ponía remedio, cuando llegara su hora. Aunque tuviera a su nombre más de 300 patentes, era la dinamita y su poder mortífero lo que quedaba en la memoria de sus contemporáneos.
Al poco de morir (el 10 de diciembre de 1896), se desveló su testamento. Fue sin duda impactante: legaba su fortuna al establecimiento de premios en Física, Química, Medicina, Literatura y Paz (su amiga Bertha recibiría este último en 1905). Estos premios reflejaban sus propios intereses a lo largo de su vida.
Como era de esperar, los familiares de Alfred Nobel, así como las autoridades de distintos países, tuvieron suspicacias en cuanto a la creación de la Fundación Nobel, la organización que velaría por el cumplimiento de sus deseos en cuanto a los Premios y que gestionaría sus finanzas con este fin. La tarea fue ardua, aunque terminó con éxito.
Alfred Nobel había dejado escrito qué instituciones otorgarían los premios: la Real Academia Sueca de las Ciencias para los premios Nobel de Física y Química; el Instituto Karolinska (una afamada universidad de medicina de Estocolmo) para el premio de Medicina (o Fisiología); la Academia Sueca para el Premio Nobel de Literatura, y un comité de cinco personas que deberían ser elegidos por el Parlamento Noruego, para el premio Nobel de la Paz.
¿Consiguió Alfred Nobel con sus premios evitar que su legado fuera el que había vaticinado el periodista a la muerte de su hermano? Tal vez. Desde que en 1901 se otorgaron los primeros Premios Nobel, estos han servido para recompensar y homenajear a los que durante el año anterior han provisto a la humanidad de sus mayores beneficios. O al menos, ese es el espíritu.
Si quieres saber más sobre estos temas, puedes acceder a estos enlaces:
- https://www.nobelprize.org/alfred-nobel/alfred-nobel-his-life-and-work/
- https://es.wikipedia.org/wiki/Ascanio_Sobrero
- https://www.nobelprize.org/alfred-nobel/nitroglycerine-and-dynamite/
- https://es.wikipedia.org/wiki/Dinamita
- https://www.doctopedia.es/actualidad/nitroglicerina-como-un-explosivo-se-convirtio-en-una-droga-cardiaca,90
- https://es.wikipedia.org/wiki/Diatomita
- https://radicalbarbatilo.blogspot.com/2015/11/la-historia-negra-de-los-nobel.html

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